Venezuela, el Corolario Trump y la reconfiguración de un relacionamiento económico imperialista

Por: Econ. Camilo Rivero

La primera lectura que algunas personas pudiesen tener sobre la incursión militar de EEUU a Venezuela, el 03 de enero de 2026, la cual trajo como consecuencia directa el secuestro de la pareja presidencial, es que se trataría de la resolución definitiva, por parte del imperialismo, para acabar con la revolución bolivariana por la vía armada, bajo la infame fachada de una lucha contra el narcoterrorismo implantado por el “régimen chavista”.

Sin embargo, estos acontecimientos hay que analizarlos desde una perspectiva geopolítica mucho más profunda, en función de la disputa existente entre EEUU, como el hegemón del orden mundial unipolar que se impuso tras la disolución del bloque socialista, a principios de la década de los 90, y la conformación de una alianza contrahegemónica, encabezada por Rusia y China, que avizora el indetenible surgimiento de un nuevo orden multipolar.

Bajo este esquema de confrontación geopolítica, EEUU busca desesperadamente recuperar el control económico sobre el hemisferio occidental (incluyendo su “patio trasero”), intentando revertir la creciente penetración económica de una China que ha tenido en Venezuela a uno de sus principales aliados estratégicos en la región latinoamericana y caribeña.

Es necesario recordar que durante los últimos cuarenta años ha venido ocurriendo un marcado proceso de desindustrialización relativa de la economía estadounidense, siendo desplazado dicho sector por los tecnológicos y financieros, este último con una lógica de funcionamiento y dinámica esencialmente especulativa.

Este comportamiento ratifica el hecho de que los procesos de acumulación que se han venido sucediendo dentro del sistema capitalista contemporáneo ya no descansan en el sector industrial, tal como había ocurrido hasta entonces, sin que ello significare en modo alguno un debilitamiento del posicionamiento de EEUU en dicho proceso. De hecho, a pesar de ello, continúa siendo la principal economía del mundo.

Así, los sectores industriales han venido experimentando un progresivo proceso de deslocalización y fragmentación espacial en sus dinámicas productivas, a nivel internacional, fundamentalmente hacia el continente asiático (primero a Japón y los tigres asiáticos, y más reciente a China y la India).

En el caso de China, no solamente se ha convertido en la principal potencia industrial y exportadora del mundo, sino que también ha experimentado un vertiginoso desarrollo en sus sectores tecnológicos y financieros, lo cual explica su cada vez más imponente presencia a escala mundial, desafiando seriamente la supremacía de la economía estadounidense.

Ante este inusitado escenario geoeconómico, la nueva concepción imperialista del presidente Trump, de hacer grande otra vez a EEUU, ha asumido, entre otros aspectos, la reindustrialización de su economía, la cual pretende impulsar a través de dos elementos fundamentales: una política arancelaria muy agresiva y hasta indiscriminada, combinada con imposiciones de distinta índole para que las empresas transnacionales se asienten nuevamente en su territorio, de manera que solo así puedan tener acceso, en condiciones favorables, al principal mercado consumidor de bienes y servicios que ellos representan a nivel mundial.

Lo anterior supone, igualmente, reposicionar a América Latina y el Caribe como su área de influencia económica exclusiva, bien sea para tener acceso privilegiado sobre los extensos y diversos recursos naturales allí existentes, que alimenten sus procesos productivos, así como garantizar la colocación en ese mercado de los bienes y servicios que ellos produzcan, sin competidores foráneos. De allí su propósito expreso de expulsar a China de la región, invocando el reciente Corolario Trump a la Doctrina Monroe.

En consecuencia, el desarrollo continental de estos esquemas imperialistas de integración implica garantizar el óptimo funcionamiento de las cadenas de suministros conformadas por y para esas grandes empresas transnacionales, operando dentro de EEUU sus casas matrices y las unidades productivas ubicadas en los distintos eslabones que generen mayor valor agregado. Así, se estaría reforzando la clásica relación de dependencia centro-periferia, mediante una división internacional del trabajo configurada para tales fines, la cual exige la alineación política y económica de los países de la región a los intereses del gran hegemón americano.

Recordemos que, a partir de los años 90, EEUU intentó imponer un área de libre comercio en el relacionamiento económico continental, en el marco del llamado Consenso de Washington, el cual (afortunadamente) no llegó a feliz término. Ahora se pretende configurar otro esquema mucho más vertical, a partir de las características y exigencias propias de la economía estadounidense (como una especie de “traje a la medida”), para solventar la crisis histórica que ha generado el sistema capitalista en esta etapa de la globalización neoliberal. Ello implica imponerlo abiertamente y por la vía de la coerción, el chantaje y la subordinación absoluta de los países de la región.

En este sentido, para nadie es un secreto las enormes y diversas riquezas naturales que posee Venezuela, encabezadas por sus reservas petroleras, gasíferas, hídricas y mineras (incluyendo las llamadas tierras raras), que la convierte en una pieza muy apetecible en este rompecabezas geoeconómico.

Sin embargo, el proceso bolivariano había venido transitando en una dirección contraria a estos esquemas imperialistas de dominación. Así, a partir de la primera década de este siglo XXI, Venezuela impulsó y lideró varios procesos de integración económica regional, sobre la base de la solidaridad y beneficios compartidos para el desarrollo común de los pueblos del sur.

Iniciativas como el ALBA, que contempla la integración productiva (sobre la base de encadenamientos complementarios), comercial (TCP), monetaria (Sucre), financiera (Banco del Alba), energética (Petrocaribe); así como el reformateado Mercosur y relaciones bilaterales impregnadas de esa concepción profundamente bolivariana, obviamente atentaban contra los intereses hegemónicos de EEUU en el continente.

Ello explica por qué en el año 2015 Venezuela fue declarada como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y política exterior de EEUU y, sobre esa base, arreciaron unas brutales agresiones imperialistas que buscaban caotizar severamente el funcionamiento de su economía, hasta llevarla al borde del colapso, para provocar el mal llamado “cambio de régimen”. El fin último no era otro que apoderarse de sus recursos y ponerlos al servicio del gran capital transnacional.

Viendo amenazada seriamente su hegemonía política y económica absoluta en el mundo, EEUU apuesta desesperadamente por recuperarla a través de una abierta confrontación económica, así como su muy destructivo poderío militar, conjuntamente con la penetrante influencia de sus masivos aparatos culturales y comunicacionales. Es en este contexto que debemos visualizar la incursión militar y secuestro del presidente Maduro y su esposa, el pasado 03 de enero de 2026, cuyo desenlace final aún está por escribirse.

Así, el desafío histórico de los pueblos de América Latina y el Caribe no puede ser otro que continuar impulsando la construcción de la unión de nuestros países, teniendo como fuente de inspiración el legado pasado y presente de quienes han forjado una patria grande libre y soberana. En esa apuesta trascendental, Bolívar tiene mucho que hacer en América todavía.

El autor es economista, profesor universitario y presidente del Instituto Venezolano de Planificación Aplicada IVPA (Ilustración generada por IA)