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Gobernanza mundial en tiempos de postpandemia y la tercerización de la guerra en Venezuela

Pocos jefes de gobierno han mostrado el talante de líderes para gestionar la pandemia como problema de salud, pero también sus impactos sociales y económicos, y con mano firme comprometerse al lado de sus pueblos. Los presidentes Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Maduro en Venezuela o Díaz Canel en Cuba son algunos que han tenido esa valentía y coraje para enfrentar no sólo circunstancias tan difíciles, sino mostrar, a la vez, solidaridad humanitaria con el mundo y cerrar filas con los mecanismos internacionales de Naciones Unidas, en representación de la comunidad internacional.

Por seiscientos años la gobernanza mundial ha tenido su centro de gravitación en el Atlántico, con sucesivos poderes mundiales a lo largo de ese periodo; unos dominantes y otros con pretensión hegemónica e imperial como pregona sin tapujos hoy, los Estados Unidos, que colocan a la Unión Europea más Reino Unido y Canadá como aliados privilegiados y LAC como pieza subordinada al esquema de poder, con la ignominiosa expresión del patio trasero.

Ese ciclo histórico se aproxima a su fin, tras la pandemia y la agudización de la crisis del sistema capitalista con sello de pax americana y hegemonía del dólar. Así lo advierten académicos, analistas y políticos, razón por la cual los EEUU, guiados por la creencia de sus élites dominantes en un Destino Manifiesto y con el lema Volveremos a ser América primero, rema en contra de su decadencia y de la concreción del colosal proyecto de la Ruta de la Seda, propuesta por China en alianza con Rusia, como fundamento de la nueva gobernanza mundial; un sistema-mundo cuyo centro de gravitación geopolítico se desplaza al Pacífico.

La contradicción central de este siglo XXI plantea el choque entre la unipolaridad estadounidense, secundada por aliados temerosos del poderío económico y militar, proclives a la concentración de más riqueza en un puñado de grandes corporaciones que se cuentan con los dedos de una mano y sobran; y la naciente gobernanza multipolar impulsada por China, Rusia, Venezuela, Cuba, Irán y los No Alineados (MNOAL), entre otros, que propugnan por un orden mundial pacífico, solidario, de pueblos soberanos, de justicia y respeto al Derecho Internacional y las instituciones internacionales.

En medio de este cambio de reglas, jugadores y posiciones, EEUU apuesta a afianzar el eje Atlántico, recolonizar LAC y subordinar al emergente Pacífico. El resultado no puede ser otro sino un mundo pospandemia atravesado por tensiones y conflictos que se expresan en la nueva escalada de la guerra comercial con China; la carrera armamentista con Rusia; presiones de todo tipo para mantener la vigencia del patrón dólar; fricciones en el Ártico con Rusia y en el Medio Oriente con Irán, Siria y Rusia; tercerización de la guerra para evadir responsabilidades internacionales en Siria, Irak y Libia; desestabilización e injerencia contra Nicaragua, Cuba y Venezuela, que recién experimenta esta forma de guerra imperial impulsada por EEUU, a través de corporaciones privadas. En fin, recurriendo a una imagen futbolística, jalar por la franela y hacer zancadilla al delantero del otro equipo, para frenar la veloz carrera y evitar la anotación del gol que sellará la victoria.

Una dimensión de esta confrontación es el rediseño del tipo de régimen político que encarna en la democracia, no sólo la representativa de orientación liberal; sino también con un lenguaje de doctrina conservadora y ramplona que tilda de comunismo cualquier expresión libertaria, otras formas de democracia: la popular y la participativa que han aflorado desde las fuerzas profundas de la historia en Venezuela, Cuba, Nicaragua y es anhelo de numerosos movimientos sociales y organizaciones populares a lo largo de este continente.

En LAC la pandemia ha sido el argumento perfecto para que los gobiernos de derecha  desmovilicen las protestas ciudadanas en Chile y pongan en suspenso el referendo constitucional pendiente. También para librar una batalla judicial, posponiendo hasta nuevo aviso las elecciones presidenciales en Bolivia y así prolongar el mandato inconstitucional del gobierno de facto de Jeanine Añez. Mientras en Brasil, un golpe seco hizo de Jair Bolsonaro un presidente de adorno que se pasea al aire libre abogando por la dictadura y el levantamiento de la cuarentena, mientras el control efectivo del poder lo detentan los militares. Otro tanto en México, donde sectores empresariales conspiran contra AMLO, hablando de la necesidad de asumir una zona de riesgo y resistencia ante tanta orientación social. En Colombia ha sido escenario para continuar los crímenes de lesa humanidad contra luchadores sociales y desmovilizados.

En Venezuela, la pandemia ha sido parte de un cálculo de vulnerabilidad y desestabilización para impulsar desde países vecinos la estrategia del Caballo de Troya, con los miles de venezolanos que retornan sin diagnóstico ni tratamiento médico ante el posible contagio del COVID-19; a la vez, es el escenario para escalar la agresión inmoral del bloqueo impuesto por EEUU y otros países europeos, secundado por los países del Grupo de Lima, contrario a las normas y principios del Derecho Internacional. Pero, asimismo, para implementar por primera vez en el continente la tercerización de la guerra, a través de corporaciones privadas contratadas para organizar y entrenar cuerpos de mercenarios que lleven a cabo acciones terroristas y la guerra.

Pretender la vuelta a un estatus quo pre-pandemia con renovados bríos conservadores y neoliberales, quizás con uno que otro retoque cosmético para continuar un modelo capitalista de economías de mercado con poblaciones de consumo en potencial contagio de lo que no se informe; o bien retornar rápidamente a la normalidad alterada y desmovilizar al ciudadano para que no presione políticamente ejerciendo sus derechos democráticos, evitando con ello, la temida sobrecarga de demandas al sistema político, simplemente no es factible.

Otro mundo es posible y el avance de los pueblos en esa dirección es una marcha indetenible para alcanzar la justicia social, libertad y derecho a la autodeterminación, respeto a la soberanía y paz internacional.

Francisco Rodríguez

Politólogo y analista internacional

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